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Monsieur l'abbé, detesto lo que escribe, pero daría mi vida para hacer posible que Ud. continúe escribiendo. (Carta de Voltaire a M. le Riche. Febrero 6 de 1.770)


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Ciudad Guayana, viernes, 29 de julio de 2005

EL MILAGRO DE LA CRUZ DE LA CATEDRAL

La Catedral de Caracas no sólo es singular por presentar una sola torre, sino que sobre las volutas de la fachada principal se encuentra una cruz muy especial.

Esta cruz se distingue por poseer 2 travesaños horizontales en lugar de uno. El travesaño adicional es más pequeño (en longitud) que el que ocupa la posición original de la cruz cristiana, tal como la conocemos. A este tipo de cruz se le conoce como Cruz de Lorena, Cruz de Caravaca o Cruz Patriarcal.

El travesaño superior representa la inscripción que Pilatos mandó a colocar sobre la cruz de Jesucristo. Fue adoptada por cardenales y obispos como una distinción jerárquica. Pero la cruz de la Catedral de Caracas no se queda ahí. Cada uno de los extremos de los travesaños (tanto el vertical, como los horizontales) está rematado por 3 círculos que se intersectan. Esta simbología es utilizada para representar a la Santísima Trinidad. Hasta donde puedo saber, esta mezcla de Cruz Patriarcal con Cruz de Trinidad, la hace única.

El sábado 29 de julio de 1.967 esta cruz pasó a formar parte de la historia de Caracas. Poco después de las 8 de la noche (8:02 PM) tuvo lugar el gran terremoto de Caracas del siglo XX. El caso es, que la intensidad del sismo (6,7 Richter) fue tal, que la cruz se desprendió desde lo alto de la fachada yendo a caer de plano sobre el asfalto de la calle que, en aquel entonces, pasaba frente a la Catedral. El impacto fue tal, que todo el perímetro de la cruz quedó marcado (profundamente) en el asfalto. Además, la silueta no sólo quedó prácticamente centrada en el medio de la calle, sino que quedó apuntando, lo que viene siendo la cabeza de la de la cruz, hacia El Ávila.

Fue lugar de veneración por muchos días, hasta que la sección de asfalto fue retirada y llevada al interior de la Catedral. Se decía que al momento de la cruz hacer impacto contra el pavimento, la tierra dejó de temblar. Se decía también, que la cruz se había hecho añicos con el impacto y que los devotos se habían llevados los pedazos para sus casas. Mi padre (QEPD) que era anticlerical, decía que la cruz la debían tener los curas escondida.

Recuerdo haber ido con mi madre (QEPD) a ver la silueta de la cruz en el pavimento. No era una tarea fácil, pues era mucha la gente que acudía por igual interés. Sobre la impresión (en el asfalto) los feligreses dejaban sus limosnas, que nadie se atrevía a tocar o recoger. Eran momentos y días en que los extraños se paraban en las calles a comentar las vivencias y penurias del momento. Reinaba una gran empatía.

Siempre me ha llamado la atención, que un hecho que ocupó espacio en las noticias del momento, nunca haya sido recordado por ningún fablistán a posteriori.

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Ciudad Guayana, domingo, 17 de julio de 2005

EN ESTE PAÍS, TU PAÍS, MI PAÍS.

Leyendo el artículo SER VECINOS, SER PAÍS de APRENDIZ DE MAGA, me encontré a mí mismo asintiendo con la cabeza y recordando que, cuando dejé Caracas, me hice el firme propósito de intentar no volver a vivir en un edificio. Y si bien lo he logrado, no por ello he dejado de tener problemas con los típicos abusadorcitos que poco les importa saber en donde terminan sus derechos y en donde comienzan los del vecino.

Y es que tendemos a pensar que los problemas de convivencia social son producto del anonimato que conllevaba el vivir en un gran conglomerado. Creemos que la urbe tiende a la deshumanización del individuo y que estos sinsabores del día a día no se producirán si se vive en un pequeño poblado. Mi experiencia personal me dice que, en todas partes se cuecen habas.

Esos personajes, que resultan ser sus vecinos (o mis vecinos) no son de otro planeta. Son tan venezolanos como nosotros. Y no sólo están presentes en la pared de al lado. Están presentes en la cola de las avenidas, en la de los bancos o cualquier otra dependencia en la que pacientemente la mayoría esperamos a ser atendidos. Están presentes en ese mostrador en que eres atendido o te tocar atender. Están presentes en los pasillos de los supermercados. Están presentes en los organismos gubernamentales que están para darte servicio, seguridad y protección. No hay lugar en donde la presencia de estos seres amorales no deje su estigma.

No se puede esperar mucho de un país, en donde la persona que sufre un grave accidente de tránsito no es socorrida, sino asaltada por sus compatriotas, aprovechando su situación de desgracia.

Recuerdo como un amigo me contaba que había ido al entierro de un primo, muerto en un accidente de carretera. Me decía, que no sólo le habían desvalijado lo que quedaba del carro, sino que lo habían despojado de sus pertenencias, al extremo tal, que le faltaba el dedo anular en donde llevaba el anillo de matrimonio. ¿Qué diferencia a un personaje de estos, de un nazi que le extraía las piezas de oro (dientes) a los prisioneros judíos? Los nazis "argumentaban" que los judíos no eran gente, pero ¿qué pueden argumentar estos “compatriotas”?

No se trata de realizar una labor social para rescatar y fomentar una Urbanidad de Carreño. El problema es más grave. Lo que se viene viviendo en el país (bien sea en lo social o político; si es que se pueden separar) no es más que los síntomas de una sociedad enferma.

Francisco Herrera Luque decía que esta enfermedad no era fácil de curar, pues estaba enraizada en lo más profundo de nuestra identidad nacional. En su libro, Viajero de Indias, Herrera Luque nos presenta una teoría en donde plasma sus ideas en torno a que el venezolano cuenta con una de las peores cargas genéticas de la historia del Nuevo Mundo.

Herrera Luque presenta un trabajo de investigación, llevado a cabo en los Archivos de Indias (Sevilla, España) mientras realizaba su postgrado de psiquiatría, y encuentra que a la América Hispánica (a diferencia de la América Anglosajona) lo que vino, no sólo fueron aventureros de poca formación y gran ambición, sino que Colón, para llenar sus carabelas, tuvo que “reclutar” presos de las cárceles españolas, para así cubrir el rol de las tripulaciones. Durante La Conquista se daría una situación similar, al venir a tierras americanas hombres analfabetas y sin escrúpulos, que nada tenían que perder al adentrarse en tierras llenas de los más inverosímiles cuentos de males y demonios.

En el caso de Venezuela, a diferencia de otros países latinoamericanos, el conquistador se encontró con un indígena de condición muy primitiva pero altamente dispuesto para la guerra: el caribe. Los españoles llegaron a encontrar poblados caribes en donde las mujeres hablaban una lengua diferente a la de los hombres. La razón era que tales mujeres no eran caribes, sino de otras tribus, a las que los caribes habían derrotado, llevándose a sus mujeres.

Finalmente, Herrera Luque hace mención al africano. Un hombre libre que fue capturado como si fuese un animal y reducido a esclavo. El resentimiento será el denominador común de esta gente.

Por si esto fuera poco, Herrera Luque pone de manifiesto la ausencia de riquezas con las que contaba Venezuela, al extremo tal que nunca llegó a ser Virreinato, sino una simple Capitanía. Esto traería como consecuencia, que en tiempos de la Colonia no fuese precisamente lo mejor de la sociedad española lo que viniese a buscar futuro en nuestras tierras. Venezuela era una provincia pobre a ojos de los españoles.

La exposición de esta idea le costó a Herrera Luque el puesto de decano de la facultad de medicina en la UCV. Buscando reforzar y sustentar su tesis, Herrera Luque publicaría La Huella Perenne, libro en el cual hace un trazado de todas las patologías (tanto corporales como mentales) presentes en las familias nobles europeas, como consecuencia de los matrimonios de conveniencia habidos entre las diferentes Casas Reales.

Y rescatando la idea de los primeros párrafos, yo me pregunto ¿Y si Pancho tenía razón? ¿Si resulta que no tenemos remedio?

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Ciudad Guayana, domingo, 3 de julio de 2005

¿COMUNICACIÓN ABIERTA, O COMUNICACIÓN PA' NECIA?

Después de muchas cavilaciones, el dueño de la empresa decidió regalarle a su esposa el servicio ABA de CANTV.NET.

El lunes me llamó a eso de las 9:00 de la mañana y me preguntó que dónde podía retirar el modem. Le expliqué que eso no era así como así. Primero, ellos tenían que hacer una prueba para ver si la conexión era lo suficientemente limpia o buena como para darle el servicio. Me respondió que eso ya lo habían hecho. Ahora tenía que retirar el modem y las instrucciones decían que podía ir a cualquier oficina de CANTV o de MOVILNET. Yo le dije que cuando me tocó a mí, mi esposa tuvo que ir a una oficina determinada. Claro, yo tengo ABA desde que el servicio llegó a Puerto Ordaz, y de eso ya hace unos cuantos años. Dado que se trata de un servicio privado, pues no me extrañaba que buscasen la comodidad del cliente y ahora fuesen más flexibles. Si en el mail le decían que podía ser en cualquier oficina (incluyendo las de MOVILNET) pues que aprovechara y fuese a la más cercana o a la más grande. No fuese a ser que, por acudir a una pequeña, le saliesen con el cuento de no tener modem.

Se fue al Centro Comercial Naraya y allí le dijeron que se habían mudado a un local más amplio en el Babilonia Center. La verdad sea dicha, la infraestructura está más de acorde con la idea de prestar un servicio de altura. Después de llevar copia del mail y demás hierbas, la señorita que estaba procesando la solicitud, le solicitó a mi jefe, la cédula de identidad de la persona que solicitaba el servicio. Por casualidades de la vida, el jefe llevaba la cédula de su esposa, quien es la que aparece como suscriptora de la línea CANTV. A partir de ese momento, tuvo lugar este diálogo kafkiano:

-Lo siento señor, dijo la dependienta, pero la cédula está vencida.
-La cédula está vencida y es aceptada por bancos y hasta por el CNE, le respondió mi jefe.
-Lo siento señor, pero debe estar vigente, dijo la superdependienta, apuntando para un cartelito en donde se enumeraban los requisitos para entregar el modem.
-Señorita, ahí dice simplemente cédula de identidad. En ninguna parte hace referencia a que debe estar vigente. Eso, de vigente, lo dice usted, no el cartel, respondió el jefe sintiendo que estaba hablando con una burócrata de un gobierno bananero.
-Señor, si quiere, puede ir a hablar con un supervisor, respondió la dependienta.
-Mire señorita, dijo el jefe con niveles de hipertensión de 180, aquí tiene mi cédula que está vigente.
-Lo siento señor, pero necesito la cédula de la persona que solicita el servicio.
-Señorita, dijo el jefe maldiciendo por haber dejado la uzzi en casa, si me presta un poco de atención verá que el apellido de casada de la cédula vencida, se corresponde con el mío. Además, ambas cédulas muestran el estado civil de casado. En pocas palabras, ella es mi esposa.
-Le repito señor, si quiere puede ir a hablar con un supervisor, respondió el disco rayado.
-Yo no quiero hablar con ningún supervisor. Yo no tengo porqué abandonar mi puesto de este mostrador. Yo lo que quiero es que se me preste servicio. Si quiere, vaya usted a hablar con el supervisor, pero yo de aquí no me muevo hasta que usted no me de el servicio que la oficina de Caracas ya aprobó. Es usted la que ve la necesidad de que intervenga un supervisor. Pues vaya usted a buscarlo, le respondió el jefe.

Aunque resulte increíble, la robot adolescente accedió a otorgarle el modem a mi jefe sin tener que buscar al mentado supervisor. Uno no sabe, si no buscó al supervisor porque la exposición de un señor de 61 años le resultó convincente o si fue porque le daba flojera de pararse para ir a buscar al salomónico supervisor. Llegó el momento de cancelar el modem y aquí vino la segunda parte del show:

-Lo siento señor, pero sólo se acepta la tarjeta de crédito de la persona que solicitó el servicio, dijo ya saben quien.
-¿Y cheque, señorita, acepta cheque?
-Sólo del titular señor, respondió esa ahuecada, monótona, impersonal (y carente de emoción alguna) voz.

Después de haber recibido el aparatito, mí jefe se retiro de la taquilla con el sentimiento de que se estaba robando algo. Tan es así, que la jovencita como que se dio cuenta, porque todavía fue y le dijo:

-Señor, si siente que no fue bien atendido puede acudir ante el supervisor.
-Tenga por seguro señorita que si voy a acudir a alguien, será a Rossen para que sepa la clase de empleados que tiene, dejó deslizar mi jefe.

Y parece que la puntillada fue efectiva, pues un mohín de disgusto afloró en el rostro de la autosuficiente empleada.


Lo que acabo de narrar no es un caso aislado. Sucede en todo tipo de comercio. Mejor ni hablar de las instituciones bancarias, que te cobran hasta por darte los buenos días, pero que a la hora de dar servicio, nada tienen que envidiarle a cualquier ente gubernamental. Lo que uno no puede entender cómo es posible que este tipo de corporaciones, que gastan una bestialidad en propaganda (en donde intentan vendernos una imagen de excelencia en el servicio y atención al cliente) no entrenen al personal que atiende al público para que, de alguna forma, internalicen que la empresa existe por la sencilla razón de que hay clientes que adquieren el servicio. Que esa es su razón de ser. Que el cliente no es ningún hampón. Que, tal como lo dicen los comerciantes judíos gringos, el cliente siempre tiene la razón. Que, gracias a esos “molestosos clientes” es que ellos tienen un puesto de trabajo en esa empresa, que les garantiza su sustento. Que, en pocas palabras, desarrollen (aunque sea instintivamente) un poquito de empatía.

Este señor iba a adquirir un aparato, por un servicio que se ofrece a través de Internet. No iba a retirar el aparatito de gratis. Iba a cancelar por el mismo. El cartel al que hacía mención la empleada del centro MOVILNET no indicaba que la cédula debía estar vigente. ¿Cómo entonces entender la posición de esa señorita, hasta el punto de decirle al cliente (en una forma solapada) retírese de aquí? Vaya y busque un supervisor si no acepta lo que digo yo y (que encima) no aparece en el cartel que insisto en señalarle. A estas alturas se me ocurre que la dependienta pudo haberle dicho a mi jefe: ¿por qué ud. tiene una cédula de identidad que no es suya? ¡Seguridad! ¡Seguridad! Hubiese sido interesante ver, cuántos empleados de esa dependencia tienen su cédula vigente, incluyendo al personaje de marras.

¿Quién no recuerda la cuña comercial en la que aparece un joven, dependiente de una tienda, mascando chicle y escuchando música, el cual, con un ademán de fastidio (y sin ver a la cara) le señala el sitio a un cliente que viene a preguntar por computadoras? El publicista no inventó el sketch. Todos, en algún momento, lo hemos vivido.

Recuerdo que una vez estaba en una tienda adquiriendo unos productos. Después de romper el hielo con el dueño, le pregunté por un letrero que estaba en la vidriera y que llamó mi atención, no sólo por lo descarnado y directo, sino porque mostraba una evidente discriminación. El letrero solicitaba dependientes y hacía mención a que se abstuviesen los estudiantes. No me parecía lógico, pues era de esperarse que un estudiante contase con un grado de formación (que no de educación) que se traduciría en una mejor atención al público y que, difícilmente, pudiese encontrar en otro tipo de persona. Mire amigo, me respondió el turco de la tienda, los estudiantes son jóvenes que vienen a matar un tigrito. No tiene el menor interés en aprender sobre la mercancía con que cuento, ni mucho menos en atender a nadie. De hecho, les molesta cuando les toca un cliente que entra, mira, pregunta y pregunta, para terminar retirándose sin comprar nada. Sólo aspiran a cobrar su semana y, cada vez que pueden, te piden permiso porque ese día tienen un examen “peluo”. Cuando llegan las vacaciones, salen corriendo para sus casas, si son de otra región, o simplemente se van también a vacacionar. Son mi mayor dolor de cabeza.

Quizás, el problema de las grandes corporaciones reside en la suplantación del dueño por una cartera de accionistas. No en balde dice el refrán: El ojo del amo engorda el ganado. Y si no me creen, pregúntenle al “baisano” del párrafo anterior.

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