MÁS FALSO QUE SALUDO DE ALCABALA.

Viendo la forma abierta y desafiante con la que el hampa se ha enquistado y expandido cual metástasis dentro del sistema policial venezolano, viene a mi mente 2 programas de PRIMER PLANO que en su momento trataron sobre el tema. En uno, el invitado era el criminólogo Juan Manuel Mayorca. Éste se refería, a su estadía por varios años en Inglaterra. Recordaba cómo sus niños saludaban al bobby (policía de punto) al ir al colegio por las mañanas y que tal situación resultaba inimaginable para cualquier venezolano en su país. También en otro programa, Marcel Granier entrevistó al escritor Carlos Rangel y éste hacía mención a la aprensión que le producía el tener que dar la vuelta todos los días al final de la no terminada Avenida Boyacá (Cota Mil), en donde se encontraba una patrulla de policía estacionada en forma sempiterna. Refería Carlos Rangel, que si a un hombre como él le daba recelo el tener que pasar frente a ese punto de control, qué no podía llegar a sentir un ciudadano común al respecto.
Estos programas a los que hago referencia, corresponden a la segunda mitad de la década de los 70. Tres décadas después, la situación no sólo ha desmejorado en extremo, sino que se ha llegado al límite en el cual detrás de los delitos más aborrecibles está la sombra de la impunidad cobijada bajo el amparo del cargo de quienes se suponen ser los custodios de los derechos básicos del ciudadano común.
La realidad es, que el venezolano antes que ver en los cuerpos de seguridad del Estado a los garantes de la seguridad ciudadana y el orden social, siente que tiene frente a sí a personas casi que amorales, cuya investidura de poder y convivencia cercana al delito los hace acreedores a la mayor de las desconfianzas que un ciudadano pueda tener por una institución subordinada al control del Estado. Siente que mientras menos contacto tenga con estas instituciones, más seguro está, por paradójico que pueda sonar.
Y este temor no es gratuito ni mucho menos infundado. Todos sabemos (por experiencia personal o de allegados) de situaciones en donde los transgresores de la ley resultan ser justamente aquellos a la que su resguardo les ha sido encomendada. De ahí, que la gran mayoría de los delitos no sean denunciados a los cuerpos policiales. El ciudadano común siente que pierde su tiempo cuando acude a denunciar su caso. Que no sólo no se le presta la debida atención e interés, sino que de paso recibe un maltrato que en ocasiones supera al que vivió en manos del hampa.
Otra situación que se vive, y a la que erróneamente se le atribuye como de responsabilidad total de los cuerpos policiales, es la de los prontuarios. Con su denuncia usted logra que se ponga preso al delincuente, para verlo pasar frente a Ud. a las pocas semanas. Es así como uno lee reseñas periodísticas que dan cuenta de innumerables entradas a los retenes policiales y penitenciarías de delincuentes que no terminan de pagar nunca una condena. Los jueces se excusan indicando que los fiscales preparan mal los expedientes o que la policía judicial (creada para tal fin) no presenta las pruebas necesarias. Se da el caso en que la tecnología presenta nuevos métodos de recolección y evaluación de pruebas, pero los mismos no son aceptados por los jueces debido a la existencia de leyes anacrónicas de las que ningún legislador se preocupa por promover su actualización, para estar en concordancia con el avance de la ciencia. Vemos entonces, como la apatía, el abandono y hasta la complicidad por omisión, alcanzan, y hermanan en responsabilidad, al poder legislativo y judicial.
En Maracay, Caracas y Maturín se utilizaron alcabalas para secuestrar a personas. ¿Cómo explicar que unos antisociales bloquean una calle simulando un operativo y que ninguna patrulla reporte al comando la extraña existencia de una alcabala que en la reunión de la mañana en el comando, no fue señalada o indicada como instrucción o acción especial a acometer? Porque uno supone que estos oficiales no salen a la calle a hacer lo que les salga del fondo del alma, sino que reciben instrucciones precisas sobre la labor del día, el área a patrullar, operativos especiales a ser realizados, etc. Al menos, así nos lo presentan las series policiales "gringas" y a uno le parece que eso es lógico, que ese es el deber ser de un grupo de hombres armados que salen a la calle, a codearse con la escoria de la sociedad, sin supervisión ni control alguno. De igual forma, uno supone que estos oficiales al regresar a su comando deben presentar o rellenar un informe sobre las novedades habidas durante su estadía fuera del comando. Es decir, uno asume que se trata de una labor coordinada, porque para algo se trata de una institución en donde se practica el orden cerrado y se subordinan los cargos. Evidentemente, no hay control alguno. No hay control, no solamente en cuanto a lo que hace un hombre armado en la calle. No hay control ni en la preselección y selección efectiva del personal que forma parte de una institución que debiera ser un ejemplo de servicio ciudadano.
En Puerto Ordaz, en lo que se conoce como la Redoma de la Piña, hay siempre una alcabala policial cuya función y éxito me es completamente desconocido. Unas veces están en la propia redoma. Otras, frente al Centro Comercial San Miguel 2. Últimamente están frente a TOYOGIL. Su presencia es notoria, pues logran (si es lo que en verdad se proponen) romper la fluidez del tránsito. De tanto que me ha tocado pasar por esa zona, quiso la mala suerte que un día me detuvieran. Tener que bajarme del carro, abrirles desde la maleta hasta la guantera, presentar documentos de propiedad, cédula, licencia de conducir y certificado médico (no siendo fiscales de tránsito) ver que tuviese la calcomanía del pago de trimestres (tampoco son funcionarios tributarios de la alcaldía) pasando por preguntas del estilo como ¿el carro es suyo señor? ¿lleva ud. algún tipo de armamento? fue la tónica de la pesquisa realizada por los oficiales. En ninguna parte se asentó que fui detenido en un punto de control y que resulté solvente. Como tampoco he visto que lo hagan con gente que dejan detenida durante unas horas, hasta que misteriosamente después, uno ve que esos "carros detenidos" sorpresivamente siguen su rumbo. Al momento de guardar mis documentos frente a uno de los oficiales, éste observó que yo portaba un carnet del ministerio de la defensa. El joven me dijo, con la entonación de voz de quien cree que pilló al mentiroso: ¿eso no es un permiso de porte de armas? No, le respondí al tiempo que lo sacaba de mi cartera y se lo mostraba. Es la inscripción militar. Muy sorprendido, el joven me devolvió el carnet, al tiempo que exclamó: ¡clase 1.9ZY! El asombro del bisoño y sabrosón oficial obedeció al hecho de que EL KBULLA es lo que se dice un “baby face”. Lo que menos esperaba este muchacho, es que EL KBULLA tuviese edad suficiente para ser biológicamente su padre.
¿Qué buscan en ese ya perenne punto de control? Uno, que piensa mal, cree que buscan a alguien que tenga alguna falta de documento para hacerle ver la importancia de tener sus papeles al día al tiempo que, al mejor estilo de la mordida mexicana, le pidan a uno “pa' los frescos”. La verdad sea dicha, a mi no me pidieron, ni me insinuaron nada. Pero, ¿cómo hacerlo con alguien que tenía hasta su inscripción militar del año catapún en la cartera? Qué hace una unidad patrullera detenida durante horas y horas en vez de estar haciendo rondas en el sector designado, es algo que a los propios superiores parece no importarles. ¿Rinden algún tipo de informe sobre la labor del día, número de vehículos requisados, principal falta encontrada, etc, etc? Me temo que no, pues jamás los he visto anotando algo o a sus superiores informando a la prensa (léase justificando) sobre el éxito de tales operativos. Ahora la policía cuenta con nuevas unidades. Unas “pick up” marca NISSAN. Uno las vé transitando las calles raudas y veloces. Las he llegado a ver estacionadas como un vehículo más, en los estacionamientos del último centro comercial de moda de la ciudad, el cual cuenta con una nutrida, sobrada y eficiente unidad de seguridad interna. Uno, necesariamente concluye que ellos también están haciendo shopping. Es decir, no están trabajando. De hecho, los he visto por las mañanas, cuando llevo al niño al colegio, en igual menester... con las pick up NISSAN de patrullaje.
La seguridad, el derecho a la propiedad, a transitar libremente, el derecho a la vida que tiene todo ciudadano de una sociedad equilibrada, en donde se fomenten los valores en que se debe sustentar la democracia, se le escapa de las manos a los responsables del gobierno, quienes se apuran a decir que no se politicen estos abominables sucesos. Desde el presidente hasta el fiscal general han manifestado a los cuatro vientos que a ellos los quieren asesinar. Si estos personeros, que cuentan con ropa blindada y varios “anillos de protección” de guardaespaldas, manifiestan a viva voz su temor, ¿qué le queda al venezolano común de a pie?
La inseguridad, el miedo a no regresar con vida a la casa, es la verdadera guerra asimétrica a la que todos los días se vé expuesto el venezolano. Desarmado y huérfano de protección contra el hampa por parte del Estado, sale todos los días a jugarse la vida en la ruleta rusa de la indiferencia, la apatía y la desidia gubernamental.

